Se llamaba Inmaculada aquella puta que curaba el sarampión de los reclutas, coleccionaba nubes de verano, velos de tul roídos por gusanos. Pero quiso quererse enamorar como una rubia del montón y que yo la sacara de la "calle de los besos sin amor" y, mil años después, cuando otros gatos desordenan mis noches de locura, evoco aquellos ratos de torpes calenturas y, aunque sé que no era la más guapa del mundo, juro que era más guapa que cualquiera.