De insoportable a ameno, de ameno a insuperable se fue haciendo nuestro
viaje habitual. Convocaste a mi talento, y de tu rostro desprendían
risas que se hicieron mi manjar. Abrigué cada penuria que me confiabas,
y en mis entrañas, te ganaste un buen lugar. Conocí cada rincón de
aquella alma que se distingue por su eterna inmensidad.
